16/05/2016
El toma y daca entre un colonizador y un Intendente
La reunión se hizo medio a las apuradas. La situación se estaba yendo
de las manos y había que darle un corte en seguida. “Pero arreglemos de alguna manera
Fernando, yo tengo unas tierras por aquí que no tienen ningún problema, te las
cambio por estas que a mí me interesan”, dijo el administrador. La reunión era
muy reducida, solo ellos estaban conversando alrededor de un vaso de vino.
La botella miraba quieta, sin hacer ruido, como testigo de un hecho
aberrante. Hizo fuerza para expulsar el corcho que le habían puesto
ligeramente, a modo de protesta, pero nada.
Fernando miró el mapita que le mostraban desde la administración con
desconfianza, “pero mire ingeniero que me está dando 10 has, y te quedas con
32. ¿Yo como arreglo después este entuerto?”, Fernando siempre mezcla los
pronombres indiscriminadamente.
“Tranquilo”, respondió el ingeniero, “a los concejales los arreglamos
después nosotros, además son tuyos o ¿no?, decinos ahora si no podés, así vemos
con quien tenemos que arreglar”, y como arrastrando las letras agregó “alguien que
sí pueda”
La punta de la etiqueta se comenzó a desprender, a doblarse hacia
afuera, señalando la puerta de salida. Esa botella no quería estar allí,
presenciando este apriete inmoral. Y se manifestaba como podía con toda su
energía de aparente objeto inerte.
Fernando daba vueltas el vaso de vino sobre la lustrada mesa de madera,
mirando sin ver nada, subsumido en sus pensamientos. No es que le pareciera mal
lo que estaba por hacer, al fin de cuentas, no eran casi socios con el
ingeniero colonialista. Lo que pasa es que no lo habían podido disimular,
ocultar, y en el pueblo todos estaban alertas. Se acordó de la bronca de la
marcha y la mirada oblicua de María, la empleada, que había tenido que limpiar
los huevazos de su puerta y que tampoco lo acusaba por estar limpiando, sino
por la razón de los huevazos. “Limpiar yo limpio patrón, pero usted no me robe”
parecía decir con sus enormes ojos negros.
“32 contra 10 en la loma del culo, un pedrero dentro del río, no
alcanza”, lo dijo pensando en voz alta. Se le escapó, pero el ingeniero era
todo oídos. “¿Cómo?”, “la puta el gringo este me escuchó” pensó rápido el
intendente y como tampoco era de achicarse apoyó el vaso de vino, lo miró a los
ojos y le dijo, “mire, mirá”, acá usó el tuteo por primera vez, dándose ánimo,
“tenés que mejorar la oferta para que esto se vea bien, si no acabemos aquí
mismo esta charla”.
La gota de vino que había quedado entreverada en los pliegues del
capuchón de plástico que cubre al corcho comenzó a deslizarse sinuosamente
hacia la etiqueta. No iba rápido, se desplazaba en zigzag, como con vida
propia. Tocó el borde superior de la etiqueta y se detuvo para asomarse por
encima del risco vertical, observando la caída directa a la mesa. Y esperó.
“Aguantá un cachito, ya vengo” dijo el ingeniero separándose de la mesa
con el celular en la mano. Movió los pulgares en varios sentidos hasta que
encontró lo que buscaba y salió de la habitación. Fernando bebió otro sorbo de
su vaso. “¿se me habrá ido la mano?” pensó “estos tipos son pesados, capaz que
hablan con el Diputado, o me cortan los aportes, y bueno, ya se verá. Si esto sigue
así nos matan. Otro sorbo, poquito, tengo que estar sobrio”.
La gota comenzó a recorrer la etiqueta dejando su tenue rastro torrontés
detrás. Llegó hasta la G de Gran Linaje y dio caprichosamente la vuelta por
detrás de la letra. Unió con suave tono blanco los bordes de su recorrido hasta
la T de torrontés, pasó por encima de la traba horizontal, recorrió la línea
vertical y se detuvo al final del camino, en la base de la letra, como
esperando algo. La tenacidad de la gota en llegar a su indeterminado fin
demostraba su origen vasco.
El ingeniero regresó y dejó el celular en la mesa. Agarró el mapita y
lo dio vuelta, apoya su índice en otro valle y le dice “hablé con el boga en
Buenos Aires, me dice que tenemos unos terrenos de este lado de la ruta, por
acá y que pueden estar disponibles, son 5 hectáreas más, ¿Qué te parece?”, no
fue una pregunta, fue un desafío, afirmando que estaban dispuestos a mucho.
Fernando detuvo su mirada un rato en el plano, buscando en su memoria algún
dato que le ayudara a salir del entuerto que se le estaba armando. Pone su dedo
al lado del del ingeniero resaltando, en ese solo acto, el origen social de
cada interlocutor. Rosado y cuidado uno, curtido y mocho el otro, la vida deja
sus huellas en todas partes. “Esta es la finca de Roberto”, afirmó, “otro lecho
de río y está en juicio sucesorio, no sirve, seguimos igual” y sacó el dedo
luego de haberlo usado para demostrar manejo territorial de tanto andar por los
valles. “Pero eso se arregla en seguida y tenés 5 hectáreas al borde de la
ruta, ya son 15 has y las ponemos nosotros”.
“Ingeniero, a ver si me entiende, las 32 hectáreas son de la muni,
punto. Uds. se metieron allí. Tenemos que hacer algo más inteligente si
queremos que esto prospere.” “¿Nosotros nos metimos? No te hagas el pícaro
Fernando.” Nuevamente el tono había sido amenazante, no había humor en el
pícaro. Hace rato que no había humor.
La vasca gota se desprendió de la base de la T para llegar casi sin
mediar tiempo a la línea “belle epoque” que divide la etiqueta en dos y se
sentó allí a escuchar atentamente. El silencio se hizo largo. Ambos habían ido
muy lejos pero al final ambos querían lo mismo, que Pernod se quedara con estas
tierras a cambio de nada. Bueno, nada no.
“Nos queda una Fernando” dijo el ingeniero despaciosamente. La gota se
vio a si misma reflejada en el brillo del ojo derecho claro del ingeniero y le
dio miedo. “¿Y si las tierras no sirven para una mierda?, ¿y si hacemos que
unos consultores digan que no son aptas para habitar?”. El brillo ocular se
trasladó a la otra silla y la gotita vasca volvió a verse reflejada en ojos
oscuros ahora, distinto color, idéntico miedo. Miedo a la codicia. Codicia
amenazante. “Brillante” dijo Fernando, “vamos con esa, pero ustedes pagan los
consultores”, “no problem” the engineer
said.
La gota se dejó caer triste y desganada hacia la segunda etiqueta, esa
que muestra su apellido, ese que Carmen Rosa esgrimía con orgullo caminando
entre viñedos y cuando lo tocó reaccionó, hizo una nueva pausa, tomó aire como
si estuviera decantando en botellón de cristal y esperó.
“Brindemos que este vinito está bueno” dijo Fernando al tiempo que se
abría la puerta y una voz gritaba: “¿Qué pasa acá?”, hombres, mujeres, concejales,
madres, tías, labriegos, viejos, trabajadores todos, cafayateños de hoy y
fantasmas de ayer se abalanzaban por la puerta y Fernando, atolondrado, sentía
que la botella se le caía al piso haciéndose mil pedazos. El vino se escurrió
entre las rendijas de madera del piso y volvió a la tierra de donde había
salido, para no saciar la sed de quién no lo merece, de quien traiciona a su
pueblo.
Fernando hubiera jurado ante la cruz que una gota de vino blanco le
impidió asir la botella. Pero quien le hubiera creído.
Carmen Rosa sí.
Cuando Carmen Rosa Ulivarri de Etchart donó al pueblo parte de sus
tierras para la pista de aviación, lo hizo pensando en el beneficio del
Cafayate que tanto quería. Si hubiera querido plantar vides allí lo hubieran
hecho. Pero no, se lo entregó al pueblo. Su pueblo. No entiendo por qué
voluntad del destino 200 años después de habernos declarado independientes
volvemos a doblar la cerviz ante neo colonos agresivos. No entiendo como a 200
mts, El Golf, barrio 5 estrellas de Cafayate SI es apto para habitar y este
terreno no. No entiendo. Solo entiendo que la única defensa que tiene el pueblo
son ellos mismos. Como siempre.